HAITI ES UN CANTO DE ESPERANZA.

Haití es el recuerdo de que la vida pasa, y entre demasiadas palabras, hay momentos donde sólo puede haber espacio para el silencio contemplativo…

Haití es la sombra de un deseo de libertad, impedido por demasiadas cadenas…

Haití es un llamado a la conciencia del mundo que pretende esconder con máscaras el sufrimiento…

Haití son muchos rostros e historias. Demasiadas vidas tocadas por la desgracia y la injusticia…

Haití es una puerta por donde lo inimaginable de Dios irrumpe en nuestro espacio para develarnos su Don siempre mayor; siempre distinto…

Haití es un canto, construido con notas quebradas…y aún así, un canto de esperanza.

El terremoto del pasado 12 de enero, sin duda ha dejado impresiones hondas en millones de personas alrededor del mundo. Sorpresa y desconcierto fueron los dos primeros sentimientos entre quienes vivimos en esta media isla vecina. Las réplicas sucesivas del sismo, nos pusieron en alerta a todos, aún cuando desconocíamos qué estaba pasando. Las imágenes que empezaron a llegar por todos los medios de comunicación agregaron un profundo dolor a tanto desconcierto. Todos sabemos que las oleadas de solidaridad han sido sorprendentes. Tanto como la magnitud de un acontecimiento no muy común a lo largo de la historia de esta pequeña isla, dividida en dos países.

El 2 de febrero, -día de la vida consagrada- las hermanas Delfina Vidal y Gloria Adames, fuimos enviadas en calidad de voluntarias a Puerto Príncipe, como parte de un grupo de religiosos de distintas congregaciones enviados por la Conferencia Dominicana de Religiosos (CONDOR) para colaborar en el trabajo de apoyo y soporte que se lleva acabo en Haití, tras el sismo.

La frontera estaba atestada de furgones cargados con ayuda gestionada por muchos organismos, de equipos de personas de diversa procedencia que iban a lo mismo que nosotros. Cruzar la frontera también significó para nosotras ir un poco más allá de nuestros cansancios y afanes del día a día, de nuestras prioridades y responsabilidades, junto con otros, al encuentro del dolor de tantos y tantas. En la medida que nos acercábamos a Puerto Príncipe, se iba haciendo evidente la razón del terror de aquel 12 de enero: el polvo de la carretera, incentivado por la sequía de varios meses, nos descubría con dramatismo las construcciones agrietadas, las paredes caídas, los techos en el suelo…y la gente, que, poco a poco, ha empezado a rehacer su vida, en medio de los escombros.

Nos dimos cuenta de que nunca causa el mismo impacto una imagen vista a través de un medio de comunicación que contemplada en vivo. Lo que descubrimos fue una ciudad en ruinas, una ciudad donde todavía se respira la muerte. Donde centenares se refugian en casas de campaña improvisadas con trozos de tela y cartón, donde la gente vaga durante el día, y duerme en la calle. Donde todavía no hay luz, ni agua. Puerto Príncipe es ahora una gran Babel: en las calles congestionadas nos vamos y venimos de muchos puntos del planeta y soldados de la ONU con su rifle en mano, entre el ruido y el caos. Mientras, el haitiano mira, sin salir del desconcierto, pero es un grito su silencio…, como quien todavía no tiene nada que decir porque no sale del asombro angustiante.

Ahí estuvimos para ser parte de la iniciativa de ONGs y personas concretas que ofertaron y ofertan su tiempo para tender la mano. Para colaborar en la atención médica, en el acopio de medicinas y alimentos, en el acompañamiento de la gente…, para compartir la vida, el miedo, las interrogantes.

No es sencillo contar qué pasó, sobre todo para los millares que han perdido seres queridos y lo poco que tenían; para quien estuvo o está gravemente herido. Conmueve ver tanta gente amputada, especialmente los niños y niñas. Sin embargo, las heridas más graves son las que se llevan dentro, y que se disfrazan ahora con silencio sin tiempo.

El equipo de religiosos y otros colaboradores se distribuyó básicamente en tres lugares: en Yamel, a la entrada de la ciudad, donde trabajamos a la par con un grupo de médicos sudamericanos voluntarios de un pequeño centro de Salud, obra de los Escalabrinianos; con la Cruz Roja Colombiana y otras ONG de índole cristiana. El segundo lugar fue Martissan, un barrio de la periferia, donde la ayuda llegó mas tarde, y muchas familias quedaron afectadas, y por último un hospital semiprivado, subvencionado por instituciones internacionales, donde colaboran desde hace años las hermanas Dominicas de la Presentación y que ahora también es un centro de acopio y distribución de la ayudas.

Muchos lo perdieron todo. Eso ya lo sabemos. Sin embargo, es distinto cuando se ponen los pies en ese terreno. Desde Petionville hasta Cité Soleil: desde el centro a la periferia, Puerto Príncipe todavía llora. Haití llora. Pero llora en silencio, y con profunda entereza: porque esa es una buena palabra para describir al pueblo haitiano. Pese a todo, la ciudad no es el lugar violentado y revuelto que han querido pintar algunos medios. Nos sorprendió que entre tanto caos, la gente no haya sucumbido ante la desesperación por la tardanza con que a veces se distribuían las ayudas.

Ahí estuvimos: en medio del polvo, del escombro y la angustia, de la muerte que todavía se pasea por la ciudad. Ahí estuvimos desbordadas por tanto desastre, como mujeres creyentes, como vida religiosa: enviadas por la Congregación y por lo mismo, en nombre de todas; enviadas por la Iglesia. Para unirnos a tanta solidaridad que es signo de la vida de Dios, fiel en medio de su pueblo.

Ahí estuvimos, sin pretensiones redentoras, sabiendo que "el Reino de Dios se parece a la semilla de mostaza que un hombre siembra en el campo". Sin noción del tiempo, que ahí parece que se detuvo desde aquel 12 de enero. Para dejar a Dios decir, desde nuestra pequeñez, que la muerte y el dolor no tienen la última palabra. Que hay que confiar y caminar para poder reconstruir, tantas veces como sea necesario, porque en el fondo, el grito unido de tantas voces rotas, construye un hermoso canto de esperanza.

Hnas. Delfina Vidal y Gloria Adames

 
       
 

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