El
terremoto del pasado 12 de enero, sin duda ha dejado impresiones
hondas en millones de personas alrededor del mundo. Sorpresa y
desconcierto fueron los dos primeros sentimientos entre quienes
vivimos en esta media isla vecina. Las réplicas sucesivas
del sismo, nos pusieron en alerta a todos, aún cuando desconocíamos
qué estaba pasando. Las imágenes que empezaron a
llegar por todos los medios de comunicación agregaron un
profundo dolor a tanto desconcierto. Todos sabemos que las oleadas
de solidaridad han sido sorprendentes. Tanto como la magnitud
de un acontecimiento no muy común a lo largo de la historia
de esta pequeña isla, dividida en dos países.
El 2 de febrero, -día de la vida consagrada- las hermanas
Delfina Vidal y Gloria Adames, fuimos enviadas en calidad de voluntarias
a Puerto Príncipe, como parte de un grupo de religiosos
de distintas congregaciones enviados por la Conferencia Dominicana
de Religiosos (CONDOR) para colaborar en el trabajo de apoyo y
soporte que se lleva acabo en Haití, tras el sismo.
La frontera estaba atestada de furgones cargados con ayuda gestionada
por muchos organismos, de equipos de personas de diversa procedencia
que iban a lo mismo que nosotros. Cruzar la frontera también
significó para nosotras ir un poco más allá
de nuestros cansancios y afanes del día a día, de
nuestras prioridades y responsabilidades, junto con otros, al
encuentro del dolor de tantos y tantas. En la medida que nos acercábamos
a Puerto Príncipe, se iba haciendo evidente la razón
del terror de aquel 12 de enero: el polvo de la carretera, incentivado
por la sequía de varios meses, nos descubría con
dramatismo las construcciones agrietadas, las paredes caídas,
los techos en el suelo
y la gente, que, poco a poco, ha empezado
a rehacer su vida, en medio de los escombros.
Nos dimos cuenta de que nunca causa el mismo impacto una imagen
vista a través de un medio de comunicación que contemplada
en vivo. Lo que descubrimos fue una ciudad en ruinas, una ciudad
donde todavía se respira la muerte. Donde centenares se
refugian en casas de campaña improvisadas con trozos de
tela y cartón, donde la gente vaga durante el día,
y duerme en la calle. Donde todavía no hay luz, ni agua.
Puerto Príncipe es ahora una gran Babel: en las calles
congestionadas nos vamos y venimos de muchos puntos del planeta
y soldados de la ONU con su rifle en mano, entre el ruido y el
caos. Mientras, el haitiano mira, sin salir del desconcierto,
pero es un grito su silencio
, como quien todavía
no tiene nada que decir porque no sale del asombro angustiante.
Ahí estuvimos para ser parte de la iniciativa de ONGs y
personas concretas que ofertaron y ofertan su tiempo para tender
la mano. Para colaborar en la atención médica, en
el acopio de medicinas y alimentos, en el acompañamiento
de la gente
, para compartir la vida, el miedo, las interrogantes.
No es sencillo contar qué pasó, sobre todo para
los millares que han perdido seres queridos y lo poco que tenían;
para quien estuvo o está gravemente herido. Conmueve ver
tanta gente amputada, especialmente los niños y niñas.
Sin embargo, las heridas más graves son las que se llevan
dentro, y que se disfrazan ahora con silencio sin tiempo.
El equipo de religiosos y otros colaboradores se distribuyó
básicamente en tres lugares: en Yamel, a la entrada de
la ciudad, donde trabajamos a la par con un grupo de médicos
sudamericanos voluntarios de un pequeño centro de Salud,
obra de los Escalabrinianos; con la Cruz Roja Colombiana y otras
ONG de índole cristiana. El segundo lugar fue Martissan,
un barrio de la periferia, donde la ayuda llegó mas tarde,
y muchas familias quedaron afectadas, y por último un hospital
semiprivado, subvencionado por instituciones internacionales,
donde colaboran desde hace años las hermanas Dominicas
de la Presentación y que ahora también es un centro
de acopio y distribución de la ayudas.
Muchos lo perdieron todo. Eso ya lo sabemos. Sin embargo, es distinto
cuando se ponen los pies en ese terreno. Desde Petionville hasta
Cité Soleil: desde el centro a la periferia, Puerto Príncipe
todavía llora. Haití llora. Pero llora en silencio,
y con profunda entereza: porque esa es una buena palabra para
describir al pueblo haitiano. Pese a todo, la ciudad no es el
lugar violentado y revuelto que han querido pintar algunos medios.
Nos sorprendió que entre tanto caos, la gente no haya sucumbido
ante la desesperación por la tardanza con que a veces se
distribuían las ayudas.
Ahí estuvimos: en medio del polvo, del escombro y la angustia,
de la muerte que todavía se pasea por la ciudad. Ahí
estuvimos desbordadas por tanto desastre, como mujeres creyentes,
como vida religiosa: enviadas por la Congregación y por
lo mismo, en nombre de todas; enviadas por la Iglesia. Para unirnos
a tanta solidaridad que es signo de la vida de Dios, fiel en medio
de su pueblo.
Ahí estuvimos, sin pretensiones redentoras, sabiendo que
"el Reino de Dios se parece a la semilla de mostaza que un
hombre siembra en el campo". Sin noción del tiempo,
que ahí parece que se detuvo desde aquel 12 de enero. Para
dejar a Dios decir, desde nuestra pequeñez, que la muerte
y el dolor no tienen la última palabra. Que hay que confiar
y caminar para poder reconstruir, tantas veces como sea necesario,
porque en el fondo, el grito unido de tantas voces rotas, construye
un hermoso canto de esperanza.
Hnas.
Delfina Vidal y Gloria Adames