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En Riudecanyes, año 1826, comenzó esta bella historia: dos mujeres, Teresa Toda y Teresa Guasch...
Aquel grano de mostaza que en 1878 fue echado en los campos de la Iglesia, se ha desarrollado sólidamente.
Creced como violetas, volad como palomas, con sencillo corazón.
Siendo para los jóvenes y niños, madres, maestras y amigas.
Nos esforzamos para que los distintos lugares donde desarrollamos nuestra misión sean espacios de acogida.

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28/04/2017
Semana Santa 2017 vivida en misión en la Vereda Palocoposo (Antioquia-Colombia)
Participamos en la misión: Hna. Luz Marina Osorio, Carmen Daniela Guerrero, Liliana Marcela Giraldo, María Verónica Gómez y quien escribe, Sonia Cacheiro. Asistimos a las celebraciones propias de Semana Santa con los habitantes de la vereda en la capilla del lugar. Realizamos visitas a las familias y llevábamos la comunión a las personas enfermas y/o mayores. Disfrutamos con la acogida y el fervor de la gente, que en todo momento agradeció nuestra presencia.

La misión todavía, semanas después, se siente en la piel y en el corazón por todo lo vivido. Personalmente se presentó como una parada en el camino que me permitiese reordenarme para pasar de una etapa a otra de mi camino en Colombia.

Palocoposo apareció ante mis ojos como un verdadero paraíso natural, un lugar privilegiado entre las montañas donde los amaneceres suenan a naturaleza y huelen a tranquilidad. Sin embargo el tesoro escondido del paraje son, sin duda, sus gentes. La sencillez de hogares, donde no abundan riquezas ni adornos pero acogen a familias verdaderamente ricas en generosidad y amor, calidez y acogimiento. 

Ha sido transformador poder compartir pequeños espacios con personas enfermas, solas o ambas cosas a la vez, y sentir que a quién están ayudando es a ti mismo, mucho más de lo que tu presencia y compañía puede alegrarles la vida. ¿Cómo es posible que las personas con más necesidades sean las más generosas? Sin necesidad de nombrar a ningún habitante de la vereda pues todos y cada uno han sido ejemplo de aquello de “el que menos tiene es el que menos necesita” o acaso es ¿“el que más tiene es el que menos necesita”? Averiguar esto ha sido una de las misiones de mi misión. Personalmente tengo muchas cosas, pero no es sino cuando te paras frente a la sencillez, cuando te das cuenta de que el valor de tu maleta no se calcula ni en euros ni en pesos colombianos, se pesa en humanidad, amor, generosidad y convivencia. Y ese aprendizaje es uno de los más valiosos que Palocoposo me ha ofrecido. Algunas de las personas que allí conocí han pasado a ser referentes personales, espejos dónde a una le gustaría verse reflejada en un futuro.

El espacio silencioso, que mi corazón buscaba cuando llegué, se convirtió en un fluir de emociones y sensaciones, reclamos personales, buscando encontrar respuestas a nuevas inquietudes. Asombrada y sorprendida, cada día, por lo que las personas nos regalaban sin esperar nada a cambio, tan sólo que tendieras tu mano a la suya para ofrecerle sostén durante unos minutos, que llamases a sus puertas y te sentases en la cocina a oler el café recién hecho y que a duras penas podías rechazar, que escuchases sus relatos de vida valiente y curtida por el sol de la montaña, por la soledad o el sacrificio, por el amor a la familia o los vecinos y en demasiadas ocasiones por la enfermedad, tanto propia como ajena. Y todo ello contado con tranquilidad, sin vanidad ni quejas, sin siquiera imaginar cuantas enseñanzas vitales nos trasmitían a las que allí estábamos sentadas.

Palocoposo resuena en mi corazón, lleno de amor, silencio, fe y admiración; y me deja como misión seguir recordándome cuales son las necesidades que me hacen libre y no me esclavizan.


Sonia Cacheiro Durán
Voluntaria española en los Hogares de Colombia





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